miércoles, 27 de julio de 2022

Ciclo menguante

Construí un ferrocarril 
Debo todavía reparar su motor.
No lo juzgues aún, 
Le avergüenza su humilde y débil armazón.

Tiene un dolor punzante en las ruedas 
Y un óxido estremecedor.
Está bien si tu mirada lo acaricia,
Pero creo no reconoce la honestidad, 
Por ahora solo necesita eso a lo que le llaman piedad. 

Todo el tiempo fantaseo con su andar,
Casi como un sueño vívido,
Destellando gracias a su propia luminosidad.
Pero ambos sabemos que es un imposible,
Sus roturas lo mantienen inservible.

Y sin más opción, perecerá tambaleando en la desolación
De no ser visto nunca.
Ni siquiera por él mismo,
Ni siquiera en un opaco y mísero reflejo.

Trilogía festiva

Víspera de Navidad.

Llena de recelo e incapaz de conciliar el sueño, espero no toparme con presentes determinantes del futuro. No quiero atarme a lo desconocido con pálpitos al viento y palabras al susurro. 
Deseo que mis mañanas sean frías y mis pies helados arrasen con el suelo. No más caricias en la espalda ni besos con esmero. 
Las tardes ya son jóvenes y me permiten claridad, pero mis dedos confusos ya no tantean como antes y se pierden ante el pestillo de la ventana trasera. 
Mañana la iglesia azotará sus campanas, y aunque el río avisó, traerá recuerdos traicioneros que seguramente asolaré en el tintero; pues ya no enaltezco el deseo, que todo se funda en mi mísero taller de relojero.  

Nochebuena.

El sol salió temprano esta mañana y lo crepuscular del pasado quedó en su lugar. Demasiado cuestionamiento no permitía trazar bien el límite del pensamiento, y mientras más anhelo, más ahuyento. Está bien si me permito exhalar alientos sin necesidad de vivir de lo concreto.  
La vista es magnífica desde aquí. Puedo sonrojarme, deshojarme y dejarme caer sin necesidad de tocar el suelo. Retomar el rozar de mis labios con lo deleitoso del pomelo. Nombrar calles, cielos, edificios y nubes con lo que toma mi mano al sucumbir la noche y arropa mi cuello en un sedoso juramento.  
Lo milimétrico de lo dulce a lo amargo se verá ya en lo lejano. Sin exploración ni conquista lo dejaré sin dudas fenecer. Y la luz versada resurge de la vela consumida que volvería una y mil veces a encender.
¿Quién podría ya contemplar lo inútil del miedo? Si se quemó en lo fragante de un prado húmedo, y entre hojas secas, ardió lo que no intentó esconder su suave y carente de crueldad rocío primaveral.  

Cómo desarmar un árbol navideño.

Camino a la tienda algo me retorció las tripas: era la interferencia en mi sonido estéreo. Siempre hubo algo de ruido en mi audífono izquierdo, pero lo ignoraba siempre y cuando al cable le diera un par de vueltas.
Algo asqueada y mareada bajé del colectivo sin hallar consuelo, todo lo veía difuso y tropecé en la vereda hasta llegar al suelo. Súbitamente la verdad me rompió el tímpano: sin boleta no hay cambio y las luces ya rotas se regocijaban bajo el árbol impío.
No recordaba cómo calaba este malestar, aunque siempre merece la pena. Bañada en tanto gris, destellos parpadeantes no se ignoran cual reloj de arena. 
Después de todo, quise cuanto pude y no me resistí a mis quimeras. Nunca estuve tan orgullosa de sentir sin la necesidad de escabullirme entre trincheras.  
Ahora, frente a esta longeva mesa, arrullo las sobras de la cena de anoche, que aunque ya no tienen uso práctico alguno, le darán a mi compostera un eterno y fiel desayuno. Espero no olvidar cada hollejo maltratado y sin miradas de desprecio, pues hasta de la más pútrida materia, germina un valioso provecho. 

¿Cómo me veo?

Está algo oscuro el sendero hacia el abismo. Tal vez si llevo mis días, consiga el negro que necesita mi vestido de año nuevo. 

Demencia temporal

En el paralelismo eterno, refugiada en mi propia sombra
Creyendo ver en gama infinita,
Cuando los colores se reflejaban en un punto ciego.
Donde mis incesantes temores buscaban refugio sin siquiera advertirlo,
Conformándome con fugaces y ásperas caricias,
Cuando lo suave coexistía y sin malicia
En lo dulce del canela de tus ojos.
Donde el tiempo carece de sentido
Y la razón no encontraría un objetivo,
Pues no existe en esta realidad, donde su propia inexistencia  
Se siente exquisita si es bajo tu cándido respiro.

El pasaje donde caen flores y nadie sabe por qué



Le pregunté a la señora que barría en la esquina: me preguntó la hora y si aún alcanzaba a ver la telenovela de las cinco.  

Le pregunté a mi vecino, vaciló al responder y osciló su cabeza en una negativa.  

Le pregunté a mi madre: quién sabe me dijo, quizás don José.  

No supe a quién más preguntar pues don José es florista, quién sabe qué tendría que ver con él. 



Como una Oda

Todos los días, todos los días: me topo con el mismo concierto ruidoso al que no pagué boleto. Colores desabridos, orillas de plata y puntales sin filo. Me acribillan como cuchillas los ingredientes de un plato frío. 

La madrugada palidece, pero no necesita emperifollarse más, pues lo estrepitoso del sueño me hace dormitar. Soñé que no era ayer sino mañana, que ya no hay lagañas en mis ventanas y que empañadas de sollozo, vierten escasas de belleza una verdad ensangrentada: en el refri ya no queda lasaña.

Tubo de escape

Que el ocaso continúe su paso y que la estela del tiempo recorra mi piel indiferente, mi sentir ambivalente y el corazón que rechaza a lo humano como una arcada después rozar lo putrefacto de una traición. Queriendo desangrarme en el espacio infinito donde para el desencanto ya no hay más cabida. Desistir o encarnar lo deseado. Maquillar hasta disfrazar lo que no se quiere reconocer como propio. Es el espanto de lo vano, de lo superfluo, lo insano. Escapa de ti, escapa de mí, de lo que creemos ver. Y ya le es un imposible dominar el enfoque a mi realidad difusa.

Cuando aún

Aunque no quiera querré porque ya nada existe en el ayer. Estancada en tu ceño fruncido, en el reflejo de lo desconocido, me hunde cual roca en el lago contiguo. Quizás vacile en tú océano de hielo o simplemente decida resplandecer en mi propio fuego. No sin antes caer en un vacío olvido que es casi un vicio cocinándose lento para no perecer en lo trastornado de lo tostado amargo y cuando cese el letargo, podré finalmente darle el adiós merecido.

Danza ondulante - Delirios Krónicos

Intentare ver a través del sonido este sonido melancólic, estos sueños desgarrados empapados de una música  que me arrastra hacia un mundo s...