Me quedo aquí, en la habitación sin ventanas; la de paredes viscosas con texturas molestas y rugosas.
Opalescentes carencias de luz bañadas en moho, las que no podría maquillar ni el más eficaz de los barnices.
Magnético deleite platónico, donde pretender mirar a un lado es juego de perdedores y, casi como enfrentar tus córneas desnudas con el trascender de una umbra, esta ingrata reminiscencia aguarda un mísero final: una vorágine cegadora de cuestionamientos sin respuesta, donde la única certeza es la insaciable sed de un quimérico futuro.