luminosa aunque atorada entre ramas
incapaz de absorberla
contemplo cada nota, me sosiega la sonata en letras
encandila mis ojos,
la sordera me condena.
Al día siguiente devolví el ramo de rosas que creí había perdido.
Crucé la calle mirando hacia ambos lados (milagro), estaba un tanto nerviosa. Además era una mañana confusa y nubosa; terriblemente cálida. De esas en las que te pesa la vista por el reflejo del sol en las nubes y que no sabes como remediar pues es un eco de luz sorda a la que no puedes hacerle el quite; convirtiendo en un inservible al árbol y su sombra.
Avancé casi cuatro cuadras más, y al levantar la mirada, allí estaba ——¿'~/%&?!——. Se acercó titubeante y casi como suspirando una melodía, me dijo: "te quiero, eres mi vida, la luz del sol que ayuda a mis respiros, reflejo de mi alma, calor y fulgor que tanto anhelaba". Y a lo que parecieron segundos, como una flor seca, se deshojaron sus palabras; balanceándose en un vaivén lento y sumiso —casi como pidiendo permiso—, cayendo irremediablemente, destruyendo por completo el sucio y quebradizo concreto.
-"Un adiós y unas flores de consuelo; son de plástico, para que no perezcan en tus frágiles dedos".
-De plástico...—dije—¿Cómo cuido yo esto?
Intenté sembrarlas, regarlas, desterrarlas y en florero sin agua situarlas; nada era suficiente, su muerte era inminente.
Para mi sorpresa, al mantenerlas en mi pecho, su vida aumentó considerablemente. Aunque frente a la ventana —en el único lugar donde se les permite estar— y con el cambio de estación, el sol les impactaba directamente, jactándose de su magnificente fuerza. Hizo arder, carcomía mi piel. Sin embargo, en ellas ningún daño infligía. Me vi obligada a usar la razón y decidí quitármelas de encima.
Atónita estuve por horas al darme cuenta que aún podía herirse piel que di por muerta tantas veces.
Intentare ver a través del sonido este sonido melancólic, estos sueños desgarrados empapados de una música que me arrastra hacia un mundo s...