Decaigo en desastres que pretendo
llamar emociones.
Siendo éstos nada más que catástrofes encapsuladas;
incapaces de explotar por lo que jamás
llegan a su punto cúlmine
ni a su dichosa destrucción.
Nacen y sin un ciclo que completar,
en vez de ser desraizadas,
penetran e invaden mi carne
cual espina emponzoñada.
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