No suelo secar mis lágrimas
pues son prueba tangible y
sensible de que (hay vida)
después de la tragedia;
y que ésta, a pesar de su desgracia,
logra transformarse.
Nunca estática, nunca en despropósito.
Fluye cual corriente
desbordando a su caudal;
tempestuosa, sin ánimos de concluir
en ligerezas blandas ni tibias.
Furiosa y fría,
compasiva a ratos.
El equilibrio necesita del caos.
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